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Crisis Febriles en Niños y sus Complicaciones

El trastorno convulsivo más frecuente durante la infancia son las convulsiones febriles que son precedidas por crisis febriles; suelen tener un pronóstico excelente aunque también pueden indicar la presencia de un proceso infeccioso agudo subyacente serio como una sepsis o una meningitis bacteriana. Por tanto, los niños con una crisis asociada a la fiebre deben ser cuidadosamente explorados y evaluados de manera adecuada para determinar la causa de la misma en especial cuando es la primera crisis. Las crisis febriles dependen de la edad y no son muy comunes antes de los 9 meses ni después de los 5 años de edad. La edad más frecuente de inicio se sitúa alrededor de los 14-18 meses y la incidencia se aproxima al 3-4% de los niños pequeños.

Manifestaciones clínicas

Una convulsión febril simple se suele asociar a una temperatura central que aumenta con rapidez hasta, o por encima de los 39 °C. La crisis suele ser generalizada de inicio y de carácter tónico-clónico, puede durar entre unos segundos y raramente supera los 15 minutos, le sigue un breve período poscrítico de somnolencia y ocurre una sola vez en 24 horas.

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La crisis febril se describe como atípica o complicada cuando la duración es superior a 15 minutos, cuando aparecen convulsiones repetidas en un mismo día o cuando el paciente presenta una actividad convulsiva focal o hallazgos neurológicos focales durante el período poscrítico. Algunos niños tienen un trastorno crónico con recurrencia de las crisis durante los episodios febriles. Éstas  no se consideran crisis febriles, pero suele ser referidas como crisis coincidiendo con fiebre.crisis febriles en niños

El estatus convulsivo epiléptico (una crisis que se prolonga más de 30 minutos o múltiples crisis durante más de 30 minutos sin recuperación de la consciencia) se debe con frecuencia a una infección del sistema nervioso central (meningitis virica o bacteriana) Alrededor del 30-50% de los niños tiene alguna crisis recurrente con episodios febriles posteriores y una pequeña minoría sufre numerosas crisis recurrentes.

Los factores que se asocian con un mayor riesgo de recurrencia de las crisis incluyen la edad del primer episodio antes de los 12 meses, temperatura baja antes del inicio de la crisis, antecedentes familiares de crisis febriles y signos de crisis complicadas. Las crisis febriles no se asocian con disminución de la capacidad intelectual evolutivamente, y la mayoría de los niños con crisis febriles sólo tiene incrementado ligeramente el riesgo de padecer una epilepsia que la población general.

Factores de riesgo

Los factores que se asocian con un incremento significativo de desarrollar una epilepsia posterior son la presencia de signos neurológicos focales durante la crisis o en el período postictal, antecedentes familiares positivos de epilepsia, una primera crisis febril antes de los 12 meses de edad, retraso en el desarrollo psicomotor o un trastorno neurológico preexistente.

Los niños que tienen una o más crisis febriles complicadas tienen un riesgo mucho mayor que la población general de desarrollar epilepsia. La incidencia de epilepsia es mayor del 9% cuando existen varios factores de riesgo, en comparación con una incidencia del 1% en niños que tienen convulsiones febriles sin factores de riesgo.

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Durante la evaluación en la fase aguda, la tarea más importante del médico consiste en determinar la causa de la fiebre y descartar una encefalitis o una meningitis. Si existe cualquier duda en relación con la posibilidad de meningitis, es necesario realizar una punción lumbar y examinar el líquido cefalorraquídeo (LCR).

Se debe considerar especialmente la realización de una punción lumbar en los niños menores de 12 meses, y se debe valorar entre los 12 y los 18 meses de edad, sobre todo si las crisis son complicadas y persiste afectación del nivel de consciencia después de un breve período poscrítico.

Crisis primaria

Aunque la aparición de una crisis febriles en un niño sin un estímulo primario como, por ejemplo, fiebre elevada se suele considerar como factor indicativo de un trastorno convulsivo crónico o epilepsia, menos de la mitad de estos niños desarrollará una segunda crisis.

Es conveniente realizar una historia clínica detallada para confirmar los posibles antecedentes familiares de epilepsia, un trastorno neurológico previo o antecedentes de convulsiones con fiebre, lo que puede aumentar la probabilidad de recurrencia. Las pruebas de neuroimagen no se suelen recomendar tras una primera crisis primaria a menos que exista una indicación para la misma en función de la exploración neurológica (déficit neurológicos focales).crisis febriles y factores de riesgo

No obstante, en este caso se recomienda una RM cerebral con preferencia sobre la TC. La medicación antiepiléptica generalmente no se recomienda tras una única crisis. La RM puede también estar indicada en adolescentes y lactantes que presentan una primera crisis no provocada.

Crisis recurrentes

Dos crisis primarias con más de 24 horas de separación sugieren la presencia de un trastorno epiléptico cerebral que conducirá a futuras recurrencias.

Es importante realizar una evaluación exhaustiva para localizar la causa de las crisis, así como para valorar la necesidad de tratamiento con fármacos antiepilépticos y calcular el potencial de respuesta al mismo y la remisión de las crisis en el futuro. Las crisis que aparecen a primera hora de la mañana o en estado de somnolencia, en concreto durante la fase inicial del sueño, son frecuentes en la epilepsia infantil.

De forma retrospectiva es frecuente detectar irritabilidad, alteraciones del estado de ánimo, cefalea y cambios sutiles de personalidad que pueden preceder a la crisis durante varios días. Algunos padres pueden predecir con exactitud el momento de la siguiente crisis en función del cambio de carácter del niño.

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La descripción física de la crisis que ofrecen los padres o las personas encargadas del niño suele ser muy similar a la convulsión real y es mucho más precisa que la descripción verbal. Además de la descripción de las características de la crisis, son importantes la frecuencia, el momento del día, los factores desencadenantes y la alternancia en el tipo de trastorno convulsivo. Aunque las crisis tónico-clónicas generalizadas se documentan con facilidad, la frecuencia de las crisis de ausencia suele ser infravalorada por los padres.

Un cambio de personalidad o un deterioro cognitivo prolongados pueden sugerir un trastorno degenerativo del SNC, mientras que los síntomas constitucionales, entre los que se incluyen vómitos y retraso ponderoestatural, podrían indicar un trastorno metabólico primario o una lesión estructural. Es esencial obtener los detalles de la medicación antiepiléptica previa y la respuesta del niño al tratamiento y determinar si se han prescrito fármacos que pueden aumentar la frecuencia de las crisis febriles, como clorpromazina o metilfenidato.

La descripción de la crisis febriles junto con los antecedentes familiares pueden proporcionar claves que sugieran la presencia de un posible síndrome epiléptico genético. Se puede incluir la epilepsia nocturna del lóbulo frontal autosómica dominante, convulsiones neonatales familiares benignas, convulsiones familiares benignas, crisis febriles autosómicas dominantes, epilepsia parcial con síntomas auditivos, epilepsia progresiva del lóbulo frontal con retraso mental autosómica dominante, epilepsia de ausencias y crisis febriles con crisis parciales complejas tardías.

La exploración física, oftalmológica y neurológica puede aportar información acerca de la presencia de presión intracraneal, síndromes neurocutáneos y anomalías cerebrales estructurales, tales como malformaciones, traumatismos, infecciones o tumores.

Tratamientocrisis febriles y convulsiones

El tratamiento de rutina de un lactante normal con convulsiones febriles breves simples incluye una investigación exhaustiva de la causa de la crisis febriles así como apoyo y educación de los padres.

Los antipiréticos no han demostrado eficacia para evitar la recurrencia de las crisis febriles, pero la utilización de medidas activas para controlar la fiebre, incluyendo el uso de antipiréticos, puede ayudar a mejorar el estado general del niño.

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